Clarin: Leonor Silvestri entrevista Judith Butler

La intelectual feminista estadounidense Judith Butler dictó un curso en la UBA y dio una conferencia en la Feria del Libro. Ñ siguió por esos derroteros a la autora de “¿Quién le canta al Estado-Nación?”, la que se despachó contra el matrimonio gay.

Por: Leonor Silvestri

FRENESI INTELECTUAL. La esperada visita de Judith Butler a Buenos Aires convocó a estudiantes y militantes del género. Polémica, cuestionó las exclusiones de las políticas de identidad.

Es difícil dimensionar en vida qué le dejará a sus sucesores un filósofo: ¿herramientas? ¿cambios de paradigma? ¿profundizará la labor de un pensador previo? Quizás esta máxima también aplique a Judith Butler, encargada de la última revolución en los estudios de género, esa especie de bolsa de gatos, donde los debates suelen tornarse maniqueos bajo el imperio de “lo políticamente correcto” y cuestiones delicadas no pueden salirse de “o conmigo o contra mí”. Encargada de hacer implotar esa lógica, Butler, aun hoy demasiado ausente de las currículas académicas de esta región y técnicamente profesora de retórica y literatura comparada, señaló las exclusiones producidas por las políticas mismas de identidad y la necesidad de adoptar una postura estratégica acerca de quién es el sujeto del feminismo, movimiento del cual ella se encarga de aclarar siempre sigue siendo parte.

Como si lo anterior no alcanzara para llegar al podio, Butler desarrolló una compleja y original teoría, a partir del deconstructivismo de Derrida y de la lingüística de Austin, para demostrar cómo el “sexo” es en realidad creado por el género, una suerte de encarnación construida por la reiteración en el tiempo y el espacio, y que la sexualidad no se desprende de ninguna de las dos categorías anteriores invirtiendo en ese gesto la ecuación hasta ese momento conocida. Y desde ese, su gran aporte, tal vez con menor efectividad teórica, Butler intenta deslizarse hacia los primeros puestos de la filosofía política, donde se encuentran sus amigos Zizek o Laclau.

El tan ansiado paso de la estrella de los estudios de género por nuestro país también generó una especie de frenesí intelectual en sus tres apariciones públicas (dos clases en un seminario de doctorado a cargo de Leticia Sabsay en la UBA y una conferencia en la Feria del Libro, presentando su último libro publicado en Argentina), semejante al fanatismo que despertaron sus compañeros de hotel, la banda de rock finlandesa Rasmus, y con estudiantes e interesados que en muchos casos se parecían a las tribus urbanas que frecuentan las bandas: conflictos de todo tipo y acusaciones de falta de transparencia para inscribirse a su curso de doctorado, resquemores por ingresar en un aula repleta y demasiado pequeña (y calurosa), una larga cola para su conferencia de la Feria del Libro para obtener los mejores lugares, o las reuniones “secretas” con activistas. Butler (cuyos estudiantes en los 90 publicaban un fanzine en su honor: Judy!) despierta pasiones –si bien no de multitudes– y, pese a la opacidad de sus textos, que reclaman un intenso trabajo por parte de quien lee, sus clases son amenas y llevaderas. Se negará a que la entrevista sea tal en el sentido estricto del término, prefiere llamarla “una charla” y se despierta ante “las críticas” después de agotadores días de intenso trabajo y acoso de fans.

Tanto en su último libro como en “Vida Precaria”, trabaja sobre la idea de lo que hace a algunos individuos más humanos que otros , y por ende, más legítimos. ¿Cómo opera este fenómeno?

A través de algo que llamo matrices de inteligibilidad, que nos permiten reconocer a ciertos individuos pero no a otros. Por inteligibilidad entiendo la capacidad de un ser humano de ser leído y reconocido en el tiempo y el espacio social en relación a otros donde se puede generar, al mismo tiempo, exclusión, rechazo y abyección. La matriz dicta qué vidas son “humanas” o pueden ser reconocidas como “humanas” por raza, clase, nacionalidad, género y sexualidad. ¿Bajo qué condiciones algunas pérdidas son pérdidas y otras no, o directamente no son consideradas? Esta pregunta es un desarrollo que comencé en 1996, durante la crisis del sida en EE.UU. La expresión pública de duelo por esas pérdidas, sobre las que se cernían estigmas por su supuesta conducta, era una forma de afirmar que esas sexualidades también debían ser honradas. Luego, en 2001, durante el régimen Bush, caí en la cuenta de que parecía que sólo algunas vidas que se perdieron podían ser lamentadas de manera pública, mientras que otras eran indiferentes. O, por dar un ejemplo concreto en términos legales, y siguiendo a Angela Davis, si pensamos que en los EE.UU., el grueso de la población carcelaria es negra, parece que estamos ante un retorno a la esclavitud; o sin ir más lejos la base militar de Guantánamo y sus prisioneros. Aunque Obama prometió cerrarla, pero ahora no está tan seguro…

¿Votó a Obama?

Lo voté sin ningún entusiasmo, críticamente, y lamento que la izquierda en EE.UU. crea que las democracias liberales representativas, es decir las elecciones, forman parte de su propuesta militante. Pero era la única alternativa, y prefiero criticarlo a él, elegí a quién criticar. No me importa ensuciarme las manos con el voto. Es como la cuestión del matrimonio gay, un movimiento muy conservador de hecho, puesto que concibe un universo monógamo, binario, propietario, y de inclusión a la clase media; pero necesito que sea legal, así puedo combatirlo, porque si ahora lo combato estoy con la derecha.

¿Cómo se sale de ese atolladero del progresismo políticamente correcto?

En principio, la no discriminación y la igualdad no son los únicos dos argumentos de la política. La pregunta debería ser por qué el matrimonio gay es el centro del debate y la lucha del movimiento de gays y lesbianas, cuando hay tantos otros temas principales (la violencia contra la gente transexual y transgénero, el suicidio entre jóvenes GLTB –Gay, Lesbiana, Trans, Bisexual–, envejecer fuera de los parámetros de la familia nuclear y no tener apoyo). En términos de igualdad y anti-discriminación habría que apoyarlo, pero si se convierte en la única manera de entender los vínculos personales y la relación social más importante, estoy en contra. Por eso, nunca tomaré posición pública apoyando ni a Obama ni al matrimonio gay. De todas formas, me siento una especie de anarquista, o al menos me gusta saber que cierta parte del anarquismo me usa y usan mis ideas. (Risas).

O sea, sostiene la idea de que se puede elegir, ¿eso no llevaría a la cuestión de la autonomía del sujeto?

Ese es un desarrollo de mi libro Deshacer el género. Depende de qué esperemos del concepto de autonomía ¿Queremos todavía ser libres de poder hacer algo? La autonomía no es individual y debe diferenciarse del individualismo. Creo que podemos tener la capacidad de auto-determinarnos y auto-gobernarnos como para las relaciones sociales o para el apoyo de las acciones colectivas que ofrezcan una dependencia mutua sustentable. Para ser autó-nomos hay que ser primero heteró-nomos. Le temo a las posiciones que quieren retornar a un individualismo metafísico. Creo que no existe “la elección real”. Por ejemplo, quienes eligen modificar su género, eligen dentro de ciertas normas, incluso quedarse dentro de cierto género puede tener que ver con “elegir” tener una vida más fácil de vivir. Pero no creo que haya un “Yo” que emerja, son siempre decisiones condicionadas por normas sociales previas a nosotros. La noción de “elección real” es opresiva porque todos fallamos, nadie puede estar a la altura de tamaña expectativa. Puedo creer que la sociedad no actúa sobre mí cuando elijo, pero esa elección no es autónoma. Dependemos socialmente del medio en el que fuimos formados, no creo que podamos abandonar la sociedad e imaginarnos agentes puros de elección. Autónomo es una palabra demasiado fuerte, porque no soy la base de mi acción, ni soy sujeto soberano.

¿Es posible seguir organizándose alrededor de la categoría “mujer”?

La idea de que debemos unirnos por compartir un género específico no tiene sentido para mí. Las identidades son siempre un error. Me interesan las propuestas que tienen que ver con la discriminación basada en normas de género. Debemos alienarnos con personas con las que compartimos objetivos, no con personas con las que compartimos el género, en especial en lo que refiere a la igualdad; por ejemplo, los movimientos anti-discriminación y de trabajadores, incluso aunque haya cierto agonismo. Es un error terrible alinearse en la lucha solo en base al género porque además, en cualquier movimiento, siempre hay gente que no es tan radical, incluso feministas sin análisis sobre el racismo o la clase.

O con un atraso importante con respecto al trabajo sexual, o a la pornografía…

Personalmente no tengo objeciones morales con respecto a la pornografía, del mismo modo que creo que el trabajo sexual es trabajo. Me gustaría que la pornografía tuviera mejores tramas, fuera más experimental. También me gustaría que la gente que trabaja en esa industria tuviera las mismas condiciones laborales que cualquier otro trabajador o trabajadora: protección legal, seguro médico, vacaciones, etc. Me opongo a la pornografía en la medida en la que me opondría a una fábrica que explote a sus empleados.

¿En resumidas cuentas, nada hay absoluto o a priori?

El derecho a vivir es un derecho absoluto, nadie vivo tiene más derecho a vivir que otra persona viviente. Puede haber todo tipo de dinámicas y desequilibrios, pero el derecho a vivir es la única precondición que reconozco. Lo pienso en el sentido de Theodore Adorno, que no manejaba principios absolutos, y cuya pregunta es cómo vivir responsablemente en este mal mundo, y me parece que eso no se puede contestar sin estar críticamente involucrada. O el duelo, que es también una precondición de la vida, de todas las vidas humanas. Es decir, una re-elaboración del derecho a tener derechos de Hanna Arendt, el derecho a pertenecer a la humanidad, pero en el sentido de ejercer un derecho que no ha sido otorgado, como en el caso del canto de los inmigrantes ilegales de 2006, que también sirva para pensar por fuera y mas allá de un rebrote de patriotismo nacionalista.

De todas las respuestas que Butler ofreció a los y las estudiantes que a empellones se abrieron paso para estar cerca del “ídolo”, hay una acerca de la aplicación de la teoría que pinta a Butler de cuerpo entero como la filósofa de la libertad más importante después de Hannah Arendt y que responde contundentemente a las críticas que algunas de sus compatriotas, como Nancy Fraser o Seyla Benhabib, le han hecho: “La teoría no es para aplicar porque no es un set abstracto de prescripciones sino una forma de articular posibilidades, con una posición histórica. No te dice qué hacer, sino que trata de abrir posibilidades para hacer cosas y en un mundo que cierra es importante abrir. La teoría siempre es insuficiente, debe ser retomada y ser usada en diferentes contextos y convertirse en otra cosa. Escribo desde una perspectiva histórica específica, pero cuando la teoría deja su contexto de producción y va a otro contexto de análisis y sus debilidades se vuelven visibles y fortalezas inusitadas hacen su aparición, realmente siento que fue exitosa, y por eso sostengo la intención autorial no es importante. Lo que importa es cuando pasa algo con la teoría que nunca me hubiera esperado. Entonces yo recibo a cambio un regalo”.

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